LA RELIGIÓN DEL GIMNASIO: NARCICISMO, BATIDOS DE GRUMOS Y TRÍPODES EN LA SALA DE PESAS





 Hubo un tiempo remoto en el que la gente iba al gimnasio a hacer deporte, sudar un rato con una camiseta vieja de una carrera popular de 2012 y volver a su casa a ducharse. Aquella época de sobriedad y sentido común ha muerto. Hoy en día, cruzar la puerta de un gimnasio no es apuntarse a una actividad física: es ingresar en una secta de culto al ego donde el ejercicio es solo un pretexto secundario.



El gimnasio moderno se ha transformado en un plató de televisión con iluminación cuidada al milímetro para resaltar los cortes musculares. Si entras sin un conjunto a juego de compresión que cuesta la mitad de tu alquiler y unos auriculares inalámbricos del tamaño de una hamburguesa, la gente te mira con compasión. Eres un intruso en el templo de la estética.

El rodaje de la película de tu vida

La fauna que habita la zona de pesas se divide en categorías perfectamente homologadas. Por un lado, están los directores de cine en potencia: individuos que despliegan trípodes, aros de luz y micrófonos para grabar cada repetición de sentadilla desde cuatro ángulos distintos. No importa si levantas cincuenta kilos o quinientos; lo verdaderamente crucial es que el plano quede enfocado y que la música de fondo en la edición sea lo suficientemente dramática.

Por otro lado, encontramos a los profesionales de la contemplación. Se caracterizan por ocupar la única máquina de poleas del local durante cuarenta y cinco minutos. ¿El procedimiento? Hacen tres repeticiones, descansan seis minutos mirando fijamente la pantalla del teléfono, se colocan frente al espejo para comprobar si sus bíceps han crecido un milímetro tras ese esfuerzo titánico y repiten el ciclo. Si te atreves a preguntarles si les queda mucho, te responderán con un gruñido territorial.

La alquimia del polvo y los «macros»

El vocabulario de esta nueva religión requiere una reeducación lingüística completa. Ya no se come; se «ingieren nutrientes». Ya no hay comida; hay «volumen» y «definición». La conversación promedio en el vestuario gira alrededor de cuántos gramos de proteína sintetiza el cuerpo por hora y si la creatina se debe tomar con agua a temperatura ambiente o tibia.

Capítulo aparte merecen los batidos. Ese brebaje espeso, de color sospechoso y sabor a galleta química con grumos, que se consume con la solemnidad de quien bebe un elixir mágico. La gente camina por la calle agitando sus mezcladores de plástico como si llevaran el Santo Grial, convencida de que si no se beben esa pasta antes de que pasen veinte minutos del entrenamiento, sus músculos se evaporarán al instante.

Sufrir pagando para no llegar a nada

Lo más fascinante de este fenómeno es la masoquista resignación con la que todos aceptamos el trato. Pagamos una suscripción mensual digna de un club privado para ir a un sitio masificado a las siete de la tarde, hacer cola para usar una mancuerna oxidada, oler la transpiración ajena y salir de allí con un dolor de espalda que te impide agacharte durante tres días.

Pero eso sí: sales reconfortado. Has cumplido con el expediente social, has subido la foto del espejo a tus historias con una frase motivacional sobre «superar tus límites» y has alimentado la ilusión de que perteneces a la élite del bienestar. Mañana volverás a tiritar bajo la barra, pero la foto ya no te la quita nadie.




Sense Anestèsia.

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