AUDIOS DE WHATSSAP: El podcast que nadie ha pedido
Hay un momento en la vida de cualquier persona adulta en el que la pantalla del móvil se ilumina y aparece un mensaje de audio.
Hasta aquí todo bien. El problema viene cuando miras la duración: 04:58. En ese preciso instante, un sudor frío te recorre la espalda.
Eso no es un mensaje; es un episodio de podcast sin guion, un capítulo sin editar de un audiolibro o una conferencia magistral sobre la nada.
De un tiempo a esta parte, la gente ha olvidado que la aplicación se llama WhatsApp y no Radio Nacional.
El proceso de escuchar uno de estos monólogos es una prueba de resistencia humana.
En los primeros treinta segundos, el emisor coge aire, te pregunta cómo estás (sin ningún interés real en la respuesta) y empieza a hacer pausas dramáticas mientras camina por la calle, pide un café o discute con el perro.
A los dos minutos, pierde el hilo de la historia. A los tres, se enreda con un detalle irrelevante sobre una cuñada que tú ni siquiera conoces.
Y a los cuatro minutos y medio, concluye con un: «Bueno, ya me dirás, que no me alargo más».
La invención del botón para escuchar los audios a velocidad x1.5 o x2 no ha sido un progreso tecnológico; ha sido un servicio de salud pública.
Ha permitido reducir la angustia de millones de personas que ahora pueden escuchar los dramas ajenos con voz de pitufo mientras continúan con sus vidas.
Escribir requiere sintetizar, pensar qué quieres decir y respetar el tiempo de quien te tiene que leer. Hablar durante cinco minutos sin parar es simplemente un ejercicio de egocentrismo digital.
Si lo que me quieres contar tiene introducción, nudo, desenlace y títulos de crédito, llámame. O mejor aún: escribe un libro.
El tiempo es el único recurso que no se recupera.
Así que, por favor: si no es para anunciar una evacuación de emergencia o un premio de la lotería, mantén el audio por debajo de los treinta segundos.
Tu red de contactos te lo agradecerá.
Sense Anestèsia.
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