DIGITALIZACIÓN O BARBARIE (Spoiler: hemos elegido la barbarie)
Nos dijeron que el futuro era la administración sin papeles. Que con un par de clics y la magia de la fibra óptica estaría todo resuelto.
Qué fantasía tan entrañable. Hoy en día, intentar hacer cualquier gestión con la Administración Pública requiere una combinación de astrología, paciencia franciscana y un máster en ingeniería de telecomunicaciones.
Antes, al menos, podías ir a la ventanilla de turno, mirar a los ojos al funcionario de guardia y observar cómo suspiraba antes de ponerte el sello de tinta.
Había una conexión humana, una cierta esencia de tragedia compartida. Ahora no. Ahora tienes una pantalla que te pide la Cl@ve PIN, el certificado digital, la firma electrónica, la autenticación en dos pasos y, probablemente, una muestra de sangre fresca de tu primogénito.
Si consigues superar este primer nivel del videojuego, llega la prueba de fuego: conseguir "Cita Previa".
Intentar encontrar un hueco en el calendario oficial es más difícil que conseguir entradas para el concierto de despedida de una banda de rock de los setenta.
Las citas se agotan en milisegundos, como si hubiera reventas en la puerta de la sede electrónica haciendo negocio con los turnos de la seguridad social.
La eficiencia digital ha resultado ser esto: traspasar todo el trabajo sucio al usuario. Ahora eres tú quien tiene que hacer de mecanógrafo, de escáner humano y de gestor documental.
Y si te equivocas en un PDF porque pesa 2,1 megabytes en vez de los 2 megabytes permitidos, el sistema colapsa, se apaga la luz y vuelves a la casilla de salida sin pasar por la casilla de salida ni cobrar los doscientos euros.
Nos hemos pasado décadas pensando que la tecnología nos liberaría del trabajo rutinario para permitirnos cultivar el espíritu, la filosofía o el arte.
Y sin embargo, aquí estamos: a medianoche, iluminados por la luz azul del monitor, peleándonos con un Java desactualizado para intentar explicarle a un algoritmo que seguimos vivos y que queremos pagar nuestros impuestos.
Quizá el problema no es que la máquina no nos entienda. El problema es que hemos desoxigenado las relaciones humanas hasta el punto de creer que la burocracia es más eficiente si la pinta un ordenador.
Hemos cambiado la cola en la calle por una sala de espera virtual donde ni tan solo podemos compartir el rato indignándonos con el de al lado.
Y cuando el progreso consiste en aislarte para hacerte la vida una pizca más pesada, tal vez convendría empezar a preguntarnos qué clase de futuro estamos firmando... con certificado digital, por supuesto.
Sense Anestèsia.


Comentarios
Publicar un comentario