INSPECTORES MICHELIN DE SOFÁ

 



Antes, cuando ibas a un bar y el café no te gustaba o el servicio era lento, hacías lo más sensato y humano: no volvías más. Hoy en día, cualquier persona con conexión a internet y un complejo no resuelto de inspector Michelin se siente investida con el poder divino de destrozar el trabajo de toda una familia desde el sofá de su casa.

Hemos creado una estirpe de jueces digitales que confunden la libertad de expresión con la impunidad del chantaje.

La dictadura de las cinco estrellas

En las reseñas de Google no existe el término medio. O el bar de la esquina es el paraíso en la tierra o es un campo de concentración donde sirven veneno. La diferencia entre cinco estrellas y una suele depender de un detalle completamente ridículo:

  • El cronometrador: «El segundo plato ha tardado nueve minutos en lugar de seis. Una estrella. Trato inhumano.»

  • El gourmet del menú de 11 euros: Exige trufa fresca, atención personalizada de tres camareros y chupito gratis en un menú de mediodía.

  • El traumatizado del clima: «Hace demasiado calor en la terraza a mediados de julio a las tres de la tarde. El dueño debería hacer algo. Nunca más.»

El chantaje como estilo de vida




Lo más fascinante de este fenómeno es el perfil del redactor. Gente que jamás ha escrito un libro ni una carta de agradecimiento, pero que es capaz de redactar un ensayo de cuatro párrafos lleno de faltas de ortografía para explicar que no le dejaron pedir un menú infantil para su perro.

Y no nos engañemos: la amenaza de la mala reseña se ha convertido en la herramienta favorita del cliente maleducado. «Si no me invitas al café, te pongo una estrella» es el nuevo «usted no sabe con quién está hablando» del siglo XXI.

Hemos transformado el comercio de barrio en un circo romano digital donde cualquiera, parapetado tras un seudónimo, puede hundir la reputación de un negocio solo porque el camarero no lo atendió como si fuera la realeza.

Sense Anestèsia.

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