OPINÓLOGOS
Vivimos rodeados de expertos sin titulación en la vida ajena. Gente con una existencia tirando a mediocre pero con un máster ejecutivo en analizar, dictaminar y juzgar cada milímetro de la tuya.
Da igual la decisión que tomes: estás sometido a un comité evaluador constante que jamás te dará su aprobación.
El diagnóstico corporal y estético
Tu cuerpo no te pertenece; es de dominio público. Si pierdes unos kilos, la preocupación dramática no se hace esperar: «Uf, ¿estás bien? Te veo mala cara, ¿no estarás enfermo/a?». Si por el contrario coges un poco de peso, el veredicto es igual de despiadado: «Madre mía, ¿Qué te ha pasado? Te has dejado muchísimo, esto no es normal».
Con la imagen ocurre exactamente lo mismo. ¿Te cortas el pelo? «Ay no, con lo bien que te quedaba largo, qué pena». ¿Te lo dejas largo? «A tu edad esas pintas ya no tocan, hay que saber envejecer con dignidad».
El delito de buscar tranquilidad
Si decides que tu época de quemar la noche ha terminado y que tu plan ideal de fin de semana es la tranquilidad, el silencio y la soledad de tu casa, saltan todas las alarmas de la policía del ocio:
«¿Estás deprimido/a?»
«Ya no eres la misma persona de antes, te has vuelto un/a aburrido/a».
Como si mantener la necesidad de destrozarte la salud hasta las seis de la mañana fuera el único indicador aceptable de madurez y felicidad.
El barómetro de la cordura
Si estás serio o callado, asumen que estás pasando por un drama personal devastador. Si un día te da por hacer una locura, reírte más de la cuenta o ser espontáneo, la conclusión automática del jurado popular es que te has drogado o que has perdido el juicio.
Aceptémoslo: la sociedad es un tribunal incapaz de dar un visto bueno. La única salida digna e higiénica para no volverse loco es aplicar la filosofía definitiva: hacer estrictamente lo que te dé la gana, pensar primero en ti y dejar que los demás se ahoguen en su propio mar de opiniones no solicitadas.
Sense Anestèsia.
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