EL SÍNDROME DEL "PERO" (Los inspectores de Hacienda de la alegría ajena)
Hay una especie humana fascinante que convive entre nosotros camuflada de amigo, familiar o compañero de trabajo: el francotirador del «pero».
Su misión en la Tierra es clara, concisa y devastadora: no dejar bajo ningún concepto que disfrutes de un logro sin ponerle una pequeña e imperceptible mancha de duda.
Da igual lo que hagas, lo que digas o lo que consigas; ellos siempre tienen el Máster Universitario en Mejora Continua de la Vida Ajena.
Son la auditoría andante de tu felicidad.
¿Te compras un coche nuevo con toda tu ilusión? —«Oye, qué chulo, de verdad… PERO ese motor da problemas a los 100.000 kilómetros.
Yo me habría pillado el híbrido, que gasta menos».
¿Te vas de vacaciones al Caribe después de ahorrar tres años? —«Qué envidia, qué pasada… PERO en esta época hay huracanes y una humedad que te arruina el pelo, ¿no?».
¿Haces la paella de tu vida un domingo? —«Está buenísima, súper sabrosa… PERO el arroz te ha quedado un pelín pasado, ¿eh? Nada, un minuto menos y te coronas».
Son auténticos artistas del boicot emocional.
No te insultan directamente, eso sería de aficionados. Ellos utilizan la técnica del «bisturí suizo»: te hacen un corte tan fino y preciso que no notas que estás sangrando hasta que llegas a casa.
Es entonces cuando empieza a hacer efecto su veneno y terminas dudando de tu propia existencia.
Piensas: «Igual tiene razón y mi coche va a explotar. Igual mi viaje va a ser un desastre. Igual no sé hacer ni un triste arroz blanco. Igual respiro mal».
Consiguen que una noticia de sobresaliente baje a un suficiente raspado en cuestión de segundos.
Y tú, que venías con la moral por las nubes, te quedas con cara de pamplinas preguntándote en qué momento pediste su opinión.
Pero aquí viene la gran ironía de la historia. Si te pones a rascar en la vida del «Señor o Señora Perfección», descubres que su propio coche no pasa la ITV desde la época de la peseta, que sus vacaciones consisten en discutir con su cuñado en un camping de tercera, y que su paella parece argamasa para levantar un muro de carga.
Su vida es un caos estructural, pero tienen la brillante audacia de venir a medirte los rodapiés de la tuya.
Al final, hay que entender una cosa fundamental: el «pero» que te ponen no habla de tus defectos, habla de sus propias carencias.
Disminuir tus alegrías es la única forma que tienen de sentirse un poco más altos.
Así que la próxima vez que el inspector del «pero» aparezca para auditarte un momento de felicidad, no te justifiques.
No dudes de ti. Míralo fijamente, sonríe con esa compasión que se le reserva a quien no sabe ser feliz, y dile: «Sí, PERO a mí me encanta».
Y sigue comiéndote tu paella pasada de cocción con la cabeza bien alta. ¡Faltaría más!
Sense Anestèsia.
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