¿ DÓNDE HA QUEDADO EL ROMANTICÍSMO? EL AMOR CONVERTIDO EN UNA GESTORÍA DE FACTURAS EMOCIONALES.
Hablemos de esa bonita costumbre moderna de tratar a la pareja como si fuera un socio capitalista con el que compartimos hipoteca, Netflix y un chat de WhatsApp lleno de reproches pasivo-agresivos.
¿Dónde ha quedado el romanticismo? Aquella cosa randa y anticuada en la que dos seres humanos se miraban a los ojos sin calcular los intereses de cada abrazo.
Hoy en día, el romanticismo sobrevive en estado crítico, conectado a una máquina de respiración asistida y rodeado de "expertos en relaciones" de Instagram que te cobran cincuenta euros la hora para decirte que "el amor es trabajo".
¡Una mierda para el trabajo! Si fichar en una oficina ya es bastante deprimente, lo último que uno necesita es que el dormitorio parezca una inspección de trabajo de la Seguridad Social.
Antes, las parejas se peleaban por quién fregaba los platos o por qué película poner un sábado por la noche.
Ahora se discute sobre "gestión de expectativas", "heridas de infancia" y "saturación mental".
Hemos medicalizado el afecto. Te acercas a tu pareja con la ilusión de darle un beso y te responde con un diagnóstico clínico: "Es que estoy experimentando una bajada en mi disponibilidad cognitiva". ¡Toma ya! ¿Pero esto qué es, una relación de pareja o un comunicado de prensa de la Generalitat?
Lo peor no es que hayamos perdido la magia; lo peor es que nos hemos vuelto administradores de fincas del afecto. Se mide cada gramo de esfuerzo. "Yo he puesto la lavadora tres veces esta semana, tú solo dos". Se lleva un libro de contabilidad emocional donde cada favor es un pagaré y cada silencio, una auditoría fiscal.
Y claro, cuando el castillo de naipes de la exigencia mutua se desploma, llega el gran clásico: la culpa es siempre del otro. Si la relación se va al garete, nunca es porque hayamos tratado al otro como a un subordinado insoportable; es porque "el otro ha cambiado".
Quizás el problema es que hemos confundido el amor con un contrato de permanencia de operadora telefónica.
Buscamos seguridad absoluta, cero riesgos y un rendimiento emocional del cien por cien, olvidando que el romanticismo real implica un poquito de vértigo, de locura y de aceptar que el otro es un desastre tan grande como nosotros mismos.
Mientras tanto, seguiremos buscando en las pantallas lo que hemos destrozado en el salón de casa, esperando que un algoritmo nos devuelva la ilusión de que compartir la vida no es una condena a trabajos forzados. Feliç pareja moderna... si es que queda alguien que se acuerde de cómo se regalan flores sin exigir un recibo de caja.
Se han quedado enterradas bajo el cemento de la "gestión emocional", los excels de contabilidad de pareja y la tiranía de la inmediatez digital.
Nos han convencido de que el amor maduro es una especie de oficina de recursos humanos donde lo importante es que no haya excedente de equipaje ni desvíos presupuestarios, y hemos cambiado las miradas cómplices por notificaciones de disponibilidad.
Esa es la gran tragedia contemporánea: hemos matematizado los sentimientos. Ya no se sale corriendo para besar a nadie; ahora se programa una "reunión de alineación de expectativas" en el calendario de Google (con recordatorio de quince minutos antes, no vaya a ser que nos descoloque la tarde).
Si alguien se atreviera hoy a ir corriendo a buscar a su amor para decirle cuatro burradas hermosas y sinceras a la cara, lo más probable es que el otro llamara a emergencias o le exigiera un justificante de la hora de llegada.
¿Las sorpresas? Prohibidas, porque alteran el planning semanal. ¿Las palabras amables? Se racionan como si cotizaran en bolsa, reservando el entusiasmo para los extraños en Instagram y dejando la cara de vinagre y el monosílabo para casa.
Hemos cambiado el vértigo y la locura de quererse a lo bestia por una confortable, higiénica y aburridísima mediocridad afectiva donde nadie arriesga nada, pero todos se sienten profundamente miserables.
Al final, la gente prefiere la seguridad de una relación enlatada antes que el riesgo de que el corazón les pegue un vuelcazo. Y así estamos: rodeados de contratos de permanencia emocional, preguntándonos por qué el mundo se ha vuelto tan frío, mientras guardamos los restos de la última ilusión en el congelador, bien etiquetados y sin caducidad.
Feliz modernidad afectiva... si és que queda alguien capaz de recordar a qué sabia un beso sin IVA.
SENSE ANESTÈSIA


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